LA SEMIÓTICA DE LOS BORDES

Juan Magariños de Morentin

 

I

Voy a retomar, como punto de arranque, el esquema, que expuse a fines del 2005 en el congreso de la FELS en Maracaibo, en el que se interrelacionan los 3 elementos mínimos y necesarios que intervienen en la identificación ontológica de un sujeto: pensamiento - semiosis - mundo (este esquema puede recuperarse en: http://www.centro-de-semiotica.com.ar/gio.htm).

Se trata de 3 elementos, ninguno de los cuales se define con independencia de los otros dos. No hay pensamiento que no consista en el sistema de interpretaciones emergente de las enunciaciones producidas a partir del estado de determinada semiosis acerca de alguna entidad del mundo. No hay semiosis que no construya, para el pensamiento, una determinada interpretación de alguna entidad del mundo. Y no hay entidad del mundo que no se identifique mediante la interpretación de alguna semiosis en el sistema del pensamiento posible.

En esta interacción constructiva, la transformación de cada uno de los 3 elementos es constante, de modo que cualquier identificación que se pretenda es instantánea y ya histórica, apenas enunciada. Puede describirse la dinámica de las interrelaciones, proyectada hacia la inmediata transformación futura o recuperándola desde la inmediata transformación ya cumplida, pero no puede enunciársela como estando ocurriendo, porque apenas enunciada, y como consecuencia de tal enunciación, ya es otra.

En el pensamiento, hay una transformación de sus límites posibles, en cuanto sistema virtual de interpretación, por la eficacia de la inclusión de un nuevo interpretante que, construido a partir del enunciado emergente desde determinada semiosis, permite percibir, en el mundo, un existente nuevo para el conocimiento.

Para cada individuo y para cada grupo social determinado, tanto en las diversas semiosis disponibles, como en el margen disponible de cada semiosis, se hacen posibles nuevos límites enunciativos, por la transformación posible de lo efectivamente enunciado hasta determinado momento (transformación que no era posible antes de haberse enunciado lo que efectivamente se enunció), pudiéndose lograr, desde tales nuevos límites enunciativos, nuevos interpretantes que nutran de sentido, haciéndolas ontológicamente perceptibles, a entidades del mundo, a las que se les generó un espacio de relaciones admisibles en el sistema del pensamiento del individuo y/o del grupo, tal como fue expandido por aquellos interpretantes.

En el mundo, se produce la transformación de las entidades perceptibles, para determinado individuo y/o para determinado grupo social, identificándose las que no eran observables por carecer del nombre y a las que el nuevo estado de la semiosis disponible permite ahora designar o interrelacionar de un modo diferente mediante la vigencia de esos nuevos enunciados emergentes de ese nuevo estado de la semiosis disponible, desde un nuevo estado del sistema virtual de posibilidades interpretativas admisibles en que consiste la configuración dinámica del pensamiento en esta nueva instancia de tránsito.

Constituido, constituyente y superador de este triple modo, el sujeto carece de un presente que permita atribuirle una permanencia, ya que no es (hoy) el mismo que fue (en el instante precedente o 14 años antes), sino que es el sucesor del que fue, ya que fue su propio ancestro (términos, el de "sucesor" y el de "ancestro", tomados en el sentido lógico-matemático de derivación por transformación de las posibilidades de una proposición y como función de variantes estocásticas). No le cabe al sujeto una descripción saussureana que lo homologue al estado sincrónico de un sistema, ni como relación diacrónica entre dos estados sincrónicos de un sistema, sino que se constituye como una instancia de tránsito desde un ancestro hacia un sucesor que también son, a su vez, instancias de tránsito.

Todo ello puede concretarse, provisionalmente, en la siguiente pregunta: ¿En qué tiene que cambiar la semiótica, para seguir siendo [¿o para llegar a ser, de una vez por todas?] un instrumento eficaz para explicar la producción, interpretación y transformación del significado de los fenómenos sociales?

 

II

Como un comienzo de respuesta posible, me animaría a decir que la semiótica, si pretende llegar a explicarlos, antes que referirse al resultado logrado y al concepto construido, tiene que acompañar, sistematizar o incluso promover la dinámica de los concretos procedimientos según los cuales, en determinado momento de determinada sociedad, se considera que se producen, se interpretan y se transforman los significados que, en ese momento de esa sociedad, se atribuyen a los múltiples, diversos y dispersos fenómenos que constituyen el universo de lo social. O sea, habría que explicar el proceso de su producción para poder llegar a comprender el valor semántico diferencial del resultado; lo que implica admitir al significado como un resultado históricamente situado y no como una sustancia esencial y universal.

Según esto, la primera tarea de la semiótica, desde el punto de vista lógico, consiste en explicar, no ya el significado de los fenómenos sociales, sino, antes que nada, el proceso de producción, interpretación y transformación de tal o de tales significados. O sea, la semiótica tiene que poder explicar, siempre en el sistema de la racionalidad vigente en determinado momento de determinada sociedad, cómo se producen, se interpretan y se transforman, en ese momento y lugar, los significados, para, así, poder llegar a explicar adecuadamente (o sea: según la racionalidad del momento histórico y de la comunidad en el que formula sus enunciados y dando cuenta eficaz del fenómeno que está en condiciones cognitivas de percibir) por qué a determinados fenómenos se los percibe como portadores de determinados significados posibles.

Así que, por el momento, voy a irme refiriendo, preferentemente, a las condiciones de producción, interpretación y transformación del o de los significados, antes que a las características específicas constitutivas del valor del o de los significados de algún determinado fenómeno social, en su correspondiente sistema semántico.

También propongo, a la reflexión conjunta con el lector, considerar si corresponderá (como lo pretendo) establecer que, de estas tres condiciones, la fundamental es la de transformación. Porque el significado que, en determinado momento de determinada sociedad, permite percibir la existencia de un determinado fenómeno, es un estado de tránsito, que se hizo posible por haber existido un antes, desde el cual el significado que en él tenía ese fenómeno, contenía también, en sus bordes, la posibilidad de que se formulara el que tiene ahora. Constatación de una inaprensible actualidad, porque apenas comprendida y, en cuanto tal, percibida, ya se desborda hacia un después que, parafraseando la cita que Foucault hace de Althusser (1969; 12), revelará a este presente, cuando ya sea pasado en el futuro inmediato, como ideológico, ya que ese futuro consistirá tan sólo en la posibilidad de formulación de significaciones diferentes, dialécticamente superadoras, que harán ver otros fenómenos, en el mismo espacio donde está el que se percibe en el presente, el cual también así lo había hecho con los que se percibían en su pasado.

Éste es el sentido de la interacción constructiva a la que me refería antes y en función de la cual consideraba que, en el borde de los pensamientos posibles en un determinado momento, están, todavía borrosos, los nuevos pensamientos que requerirán de las nuevas formas semióticas que sonaban, todavía, como furia expresiva en el borde de las semiosis disponibles en este momento, al que, en lo fugaz de su transición, consideramos presente, de modo que esas nuevas semiosis permitan percibir, en un mundo futuro, fenómenos a cuya existencia no accede nuestro conocimiento presente, por encontrarse todavía en el borde entrópico de lo indiferenciable. En definitiva, sólo digo algo tan viejo como que el objeto de conocimiento de la semiótica consiste en explicar la transformación histórica del significado, entendiéndose aquí historia como la emergencia del cambio. La cuestión es asumir su dinámica, su racionalidad (actual y transitoria) y construir los modos fugaces de explicarlo.

He centrado la problemática de la semiótica en la exploración explicativa de las condiciones de producción, interpretación y transformación de los significados, tal como estos existen en un momento determinado de un grupo social determinado y reclamaba, para la transformación, la calidad de ser fundamental respecto de las otras dos condiciones. La transformación construye la historia y, a su vez, la historia es una característica constitutiva del ser humano: no hay hombre/mujer si no es como una transitoria función entre lo que fue y lo que será, nunca detenida en el presente de algún ser definitivo, hasta que llega su muerte y, aún entonces, sometido a la historia de las interpretaciones que de ese ser continúen haciéndose.

Pero ahora, lo que propongo a los lectores es que me acompañen en la exploración de la interpretación, en cuanto trabajo necesario para la producción de la transformación. Una interpretación transformadora habrá de consistir en la producción de otro significado derivado del anterior, que ya no será el mismo, y, por tanto, en otra posibilidad de percepción del anterior fenómeno social, que ya no será el mismo. Si la transformación, como he tratado de plantear, se proyecta en una dialéctica cronológica, la interpretación, como espero que lleguemos a ver, se proyecta en una dialéctica mental (e incluso cerebral, o sea, neurológica). De este modo, propongo ubicarnos en un borde del concepto de interpretación, para explorar su comportamiento dinámico o sea transformador. En este sentido, considero que existen dos direcciones, relativamente autónomas, de investigación semiótica.

Por una parte, un nuevo, cronológicamente, estímulo perceptual (por ejemplo, algo visto o tocado u olido, etc., en determinado momento, en el mundo) solicita, en la memoria asociativa, la posible identificación de un atractor, en cuanto residuo de la significación identificadora de otra percepción ya histórica, que, ahora, se propone como interpretación de ese nuevo estímulo; o sea, se propone a tal significación histórica como la significación atribuible a la configuración existencial que se está percibiendo.

Por otra parte, en un recorrido inverso al anterior, la actualización, en la memoria asociativa, de la significación de una percepción histórica, permite, en el órgano sensorial afín a la significación de esa percepción, la recuperación actualizada de determinados estímulos sensoriales históricos (en su estado coyuntural de transformación) que originan, en el órgano sensorial involucrado, una configuración imaginaria.

La primera situación es aquella en la cual se percibe algo y, además, se sabe qué es lo que se percibe (en un sentido semejante, Peirce diferencia entre el "perceptum" y el "juicio perceptual"; por ejemplo en CP 7.630, siendo éste el caso del juicio perceptual). Esta capacidad de identificación de algo en el mundo depende de los resultados que aporte la comparación de la imagen sensorial registrada (visual, táctil, olfativa, etc.) con el atractor o registro mnemónico, o sea, con las imágenes sensoriales anteriormente registradas y almacenadas en la memoria y en función de las cuales la interpreta de alguna de estas tres maneras: (1) o coincide totalmente: vuelve a verse lo ya visto; (2) o se ve a lo que se ve como una modificación de algo ya visto; (3) o no hay registro que coincida en parte alguna con lo que estaría propuesto a la percepción; imposibilidad, esta última, de saber que se está viendo (no ya qué sea lo que se ve, sino que se anula la posibilidad de ver lo que se está viendo, ya que ver es identificar e identificar es reconocer). El proceso de conocer, en este sentido, consiste en la posibilidad (o en ser capaz) de percibir lo diferente, mientras que el proceso de reconocer consiste en reconducir lo diferente propuesto a la percepción a lo ya conocido, lo cual es desconocer lo que de nuevo tiene lo percibido (y algo recupero en esto de la reflexión del althusseriano filósofo argentino Saúl Karsz, 1971). En el primer caso, la interpretación de lo percibido duplica lo ya conocido (lo reconoce sin incrementar el conocimiento). En el segundo caso, la interpretación de lo percibido expande lo ya conocido (permite conocer a lo que se percibe como una posibilidad antes desconocida, por inaccesible, en el registro de la memoria asociativa; lo que implica expandirlo hasta llegar a sus bordes). En el tercer caso, no hay posibilidad de conocer lo que se percibe, salvo (a) a costa de negar la existencia de lo percibido o (b) a costa de producir una ruptura que reestructure la memoria asociativa según reglas y relaciones diferentes a las que hasta entonces estaban disponibles, lo que implica producirlas a partir de los bordes de aquellas previamente disponibles; ruptura necesaria para generar una nueva forma de conocer, en la que tenga cabida la interpretación de lo percibido como un nuevo conocimiento (o sea, ya bien (a) se  niega la percepción, ya bien (b) se niega el sistema con el que se la pretendía interpretar; lo que implica la presencia de un nuevo sistema como sucesor del precedente).

La segunda situación es aquella en la cual alguien imagina algo. La capacidad de imaginar depende de la posibilidad de actualizar recuerdos de efectivas percepciones sensoriales precedentes. Se mezclan, se transforman para construir un imaginario posible, pero en definitiva su materia prima (mnemónica) preexiste. Con esto se rechaza el tradicional argumento de Z. W. Pylyshyn (1973), cuando niega la existencia de imágenes mentales (sustituyéndolas por secuencias proposicionales) por considerar absurda la presencia, en el cerebro, de una "pantalla" a la que alguien esté contemplando desde su asiento. Ironías y metáforas al margen, considero que las terminales sensoriales (retina, papilas gustativas, tímpano, ...) son no sólo el receptáculo (la "pantalla") que registra y transfiere, a las localizaciones específicas del cerebro, la entrada de los estímulos sensoriales externos (percibir), sino también la "pantalla" sobre la cual, desde la memoria asociativa, en una segunda función de estimulación, se proyectan las huellas perceptuales de estímulos sensoriales históricos ya internalizados (imaginar), las que son "contempladas" (como en un rebote) por la misma memoria asociativa, en su primera función de reconocimiento.

Tanto al percibir una entidad del entorno, como al imaginarla, nos ubicamos en el borde, en el primer caso del conjunto disponible de las variaciones efectiva e históricamente percibidas, para poder percibir lo diferente en lo efectivamente existente (percibo a partir de lo que conozco), y en el segundo también en el borde del mismo conjunto disponible de las variaciones efectiva e históricamente percibidas, para reproducir, en el órgano sensorial correspondiente, las huellas dejadas en el registro neuronal por percepciones anteriores (imagino a partir de lo que he percibido). Todos los órganos sensoriales son "de ida y vuelta": proyectan en el mundo lo que pueden identificar por correlación y contraste entre lo efectivamente percibido y la información registrada en la memoria asociativa; y proyectan sobre el órgano sensorial (sin necesidad de percepción efectiva) configuraciones perceptuales (imaginería), por activación cerebral de la información registrada en la memoria asociativa.

La realización de esta doble tarea de registro: percibir/proyectar (lo que ya no es lo percibido) y doble tarea de estimulación: proyectar/imaginar (lo que ya no es lo proyectado) es la que encuadra las posibilidades transformadoras de la operación de interpretación. Sobre ella, tras atender a la producción enunciativa de las semiosis socialmente vigentes/posibles en una determinada sociedad y en un momento histórico determinado de esa sociedad, volveré más adelante, para, en definitiva, tratar de identificar y describir las operaciones semióticas, que desde los bordes de la semiótica histórica, permitan explicar, en su dialéctica cronológica, mental-cerebral y enunciativa, el proceso de la producción dinámica de la significación de los fenómenos sociales.

Y éste sería el borde de la semiótica: a partir del campo propio, construido con la explicación del significado de los fenómenos sociales (su estado vigente de representación/interpretación) se alcanzan sus bordes, como delimitación originada a partir del límite a la vigencia de las operaciones de producción, interpretación y transformación, en el campo propio, de las significaciones disponibles.

 

 

III

En diversas oportunidades he hecho alusión al mito adánico como metáfora de la primera producción semiótica (en nuestra cultura occidental) y, con ella, primera proyección, desde la estructura conceptual del ser humano (ver Ray Jackendoff, 1983: 135-159), de la existencia ontológica de las entidades del mundo: "...y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada viviente tuviera el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo..." (Biblia de Jerusalén, 1975, Génesis, 19-20). Dejo para otra oportunidad el tema del fracaso de esta primera tarea semiótica, con la que Dios pretendía que el hombre dejara de estar solo; lo que se revirtió cuando el hombre se encontró con lo que Dios, en un segundo intento, le había preparado especialmente y completó aquella primera producción semiótica nombrando a esa nueva presencia: "entonces éste [el hombre] exclamó: ‘... ésta será llamada mujer [varona: 'iššáh] porque del varón ['iš] ha sido tomada’" (Biblia de Jerusalén, 1975, Génesis, 23; nota 2.23); con lo que, además, se instaura al varón como punto de referencia en nuestra historia (occidental). Lo que propongo a la reflexión es esta muestra de la eficacia de la producción semiótica (en este caso, del discurso): todas las aves del cielo y todos los animales del campo adquieren existencia ontológica al ser nombrados por el hombre, y lo mismo ocurre, en este relato, con la mujer. Antes de que el hombre los hubiera nombrado, en virtud de haber sido nombrados por Dios, todos tenían existencia óntica, pero la posibilidad de identificarlos, o sea, de atribuirles significado y sentido en función de la identidad diferencial de cada uno, sólo se da a partir de que el hombre les hubo atribuido un nombre. Hay, en esta metáfora, una cómoda situación inicial: nada tenía nombre y ningún nombre había sido usado previamente. La semiótica (discurso verbal, en este caso) no tenía historia y, por eso mismo, el mundo tampoco; hasta que, mediante la generación de un femenino, se transforma la semiosis, lo que hace posible la identificación de una nueva presencia, que se diferencia de las preexistentes dando lugar al primer cambio y con él a la historia.

Pero, al pasar de la sorpresa retórica a la pretensión explicativa, se enfrenta una situación diferente. El mundo que percibe (reconoce/conoce) el ser humano consiste en un conjunto de entidades, que resulta determinado, a cada momento de su historia, por las posibilidades enunciativas (reproducción/producción) verbales, visuales, táctiles, etc. proporcionadas por el conjunto de semiosis de las que dispone en ese mismo momento de su historia.

Si reproduce lo que antes ya podía enunciar, reconoce lo que podía percibir y tal como ya antes podía percibirlo; si produce nuevas formas enunciativas que antes no podía enunciar, conoce lo que no podía percibir y como antes no podía percibirlo. Hay una correlación fuerte entre lo enunciable y lo percibible. Y este orden sería también ineludible e inalterable: tengo que poder enunciar para poder percibir y no a la inversa. No es la nueva percepción la que produce la necesidad de una nueva enunciación  (aunque ello resulte contraintuitivo); para estar en condiciones de percibir algo diferente, el hombre tiene que saber que lo puede percibir; de lo contrario, lo negará como percepción, negándose a percibirlo. Inversión de otra metáfora religiosa clásica: la que relaciona a Santo Tomás con el Cristo resucitado; no se trata de que si lo viera lo creería, sino que deberá creer para poder ver.

Si está dispuesto a modificar la estructura de su conocimiento, por intuir que puede nombrar otras entidades a cuya percepción no accede, es que ya se situó en el borde de sus posibilidades semióticas y, será en función de los contenidos y relaciones de transformación enunciativa que pueda proporcionarle ese borde como aceptará modificar su estructura cognitiva para poder ver lo que supone que está dejando de ver. De alguna manera, esto implica una teoría de la creación, que es en lo que consiste la interpretación transformadora.

Entonces, podríamos ir dejando el campo de la epistemología semiótica (pese a todo lo que queda por establecer y explicar) e irnos introduciendo en el de una metodología semiótica. En función de lo vengo diciendo, tenemos dos accesos posibles a la problemática metodológica, según que dirijamos nuestra investigación al momento previo o al momento posterior respecto del momento en el que se produce el cambio.

(1) En el momento previo, si me interesa proponer (crear, producir) una enunciación semiótica (en cuanto signo) que transforme una determinada percepción semiótica (en cuanto objeto semiótico): ¿cómo puedo conocer y utilizar las nuevas características que habrá de tener la nueva semiótica? ¿Cómo identificar los contenidos y las relaciones que constituyen los bordes de la semiótica actual para, desde allí, descubrir los contenidos y las relaciones que constituyen el núcleo de la nueva semiótica, que todavía no existe? ¿O todo lo que haga continuará siendo, tan sólo, una duplicación o una expansión de la actual?

(2) En el momento posterior, si me interesa explicar de dónde proviene una determinada enunciación semiótica (en cuanto signo) a la que atribuyo la eficacia de haber transformado determinada percepción semiótica (en cuanto objeto semiótico): ¿cómo puedo identificar las características y la forma de utilización de la semiótica de donde proviene la enunciación semiótica en estudio? ¿Cómo identificar los contenidos y las relaciones que constituyen el núcleo de la semiótica actual para, desde allí, descubrir los contenidos y las relaciones que constituyeron los bordes de la semiótica precedente de la que provino la nueva enunciación? ¿O la enunciación semiótica en estudio resulta ser, tan sólo, una duplicación o una expansión de la precedente?

 

IV

Realmente, sólo me siento en condiciones de ensayar la reflexión sobre algunos ejemplos y, así, esbozar la intuición acerca de la explicación metodológica posible de lo que he designado como “interpretación transformadora”.

Un pequeño y casi ya redundante ajuste previo. Hablar de los bordes de la semiótica supone aceptar la existencia de una diferencia entre un campo semiótico y los bordes de tal campo semiótico.

Por campo semiótico podemos entender un determinado conjunto de fenómenos contextualmente situados en un momento de una sociedad determinada, a la emergencia de cuya existencia ontológica y perceptibilidad concurre el conjunto de enunciados y significaciones construidos por determinado  conjunto de operaciones establecidas y vigentes en esa concreta sociedad.

Bordes de un campo semiótico (borde1) son los marcados por la necesidad de superar el fracaso de las operaciones mediante las que se construirían los enunciados y significaciones posibles que harían percibibles otros determinados fenómenos posibles, no incluidos entre los pertenecientes al campo semiótico en estudio y que todavía no llegarían a adquirir existencia ontológica hasta que se fueran concretando aquellos nuevos enunciados y significaciones posibles que provocarían su emergencia (sobre las formas de emergencia en el constructivismo, ver Visetti, Y-M., 2004) .

Esto iría desplazando el campo semiótico, asimilando los nuevos enunciados y significaciones y haciendo perceptibles otros fenómenos cuya nueva existencia ontológica desplazaría también los bordes de la posibilidad de identificación semiótica. En el continuum de este desplazamiento, otro borde (borde2), dual del anterior, se iría delineando a partir de los enunciados y significaciones que irían dejando de ser posibles, con la consiguiente expansión entrópica de los fenómenos cuya existencia ontológica dejaría de ser perceptible.

Los ejemplos.

La desuetudo como el borde2 de lo jurídico. ¿Qué comportamientos pierden su calidad ontológica de existentes jurídicos cuando la ley que contiene el enunciado que le confería su específica existencia deja de aplicarse? (borde2). Por ejemplo, la despenalización del aborto cuando era una cuestión de hecho su no persecución judicial, mientras todavía se lo incluía en la normativa del derecho penal. El borde2 reclama la formulación del enunciado legal que dé efectiva existencia ontológica jurídica al fenómeno sobre el que recae. Y también puede observarse el efecto inverso (borde1) en la aplicación analógica, por extensión jurisprudencial, de la eficacia de una norma cuando lo enunciado en ella recae sobre comportamientos inicialmente no previstos. Por ejemplo, textos legales no específicos a los que se acude para otorgar validez legal a los acuerdos del e-comercio; expresión ésta que, a su vez, como borde1, confiere existencia jurídica a los convenios acordados por e-mail o Internet.

 

La indagación etimológica como estudio de la superación de los bordes de la eficacia designativa de un nombre respecto a determinado comportamiento socialmente aceptado en determinado momento histórico; eficacia que se agota y requiere modificar el campo semántico en el que atribuye existencia ontológica a un nuevo comportamiento, o bien a transformar el nombre que lo designa. “Manufactura” no aparece en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española (1732/1963); sugiero que ello puede responder a la inexistencia de la producción mecánica, por lo que  no sería necesario diferenciar, en el universo del comportamiento laboral, el nombre que diese entidad ontológica al trabajo manual: el campo semiótico no había alcanzado ese borde1. En cuanto tal borde1, sugiero que su presencia en el Diccionario de la Academia, a partir de 1817 (Corominas, J. – Pascual, J. A., 2001; p. 820), obedece al efecto inverso de la misma razón; la utilización de maquinaria en el proceso laboral necesita enunciar la existencia ontológica diferencial de lo manual. Por otra parte, la desaparición (o el desuso) de un término estaría mostrando el borde2; la “bacía” designaba un instrumento, a modo de receptáculo metálico, utilizado por los barberos de la época del Quijote. Desde nuestra actualidad es un término que pertenece al borde2, ya que no tiene eficacia para conferir existencia cognitiva a ningún objeto o fenómeno de nuestro entorno (salvo en el repertorio de un museo). Es famosa, en el Quijote, por usar este personaje a ese objeto a modo de yelmo; curiosamente, para lograrlo, Don Quijote le asigna a  dicho objeto, perteneciente al utillaje profesional del barbero al que se lo arrebata (plena vigencia, en su contemporaneidad, del campo semiótico que contenía al termino e identificaba a un existente) el nombre de “yelmo”, con lo que recupera su eficacia de designar a un existente ontológico: “el yelmo de Mambrino”, propio del campo semiótico (ya histórico e inactual para su época) de los libros de caballerías. La operación mental de Don Quijote consistió en  renombrar a un objeto perteneciente a su contemporaneidad (interno al campo semiótico en el que vivía), con un nombre perteneciente a otra contemporaneidad (en cuyo tiempo el nombre “yelmo” era interno al campo semiótico de ese pasado) con lo que le atribuía la existencia ontológica que para ese objeto necesitaba. “Yelmo de Mambrino” para designar una bacía, pertenecía, en el tiempo de Don Quijote, al borde2, o sea a lo que había dejado de ser un existente posible y se había difuminado en el nivel entrópico de lo inidentificable.

La carencia de metalenguajes icónicos e indiciales muestra la existencia de un borde1 en el campo metodológico de las ciencias sociales y en lo que se refiere a la tarea de explicar el proceso de construcción de la interpretación de los fenómenos sociales de naturaleza icónica o indicial. El borde aquí se percibe cuando, por la necesidad de recurrir al discurso verbal para explicar el significado de las imágenes o de los objetos y comportamientos, no se alcanza una explicación consistente acerca de la eficacia que los componentes de las propuestas icónicas o indiciales poseen para construir determinada significación. Se necesita una metasemiótica icónica para explicar el proceso de producción de las imágenes y una metasemiótica indicial para explicar el proceso de producción del significado de los objetos y de los comportamientos. El borde1 está, aquí, constituido por la exigencia de conceptos metodológicos que identifiquen la existencia posible de operaciones coherentes con los fenómenos que se analizan, mediante las cuales se evite la extrapolación de las explicaciones alcanzadas mediante la construcción de textos interpretacionales, realizada exclusivamente por o con predominio del discurso verbal; lenguaje exterior al carácter icónico o indicial del fenómeno en estudio, del cual se advierte ya el carácter inactual e incompleto de la explicación que permite alcanzar, derivándolo, así, en esbozar un borde2, del que las ciencias sociales comienzan a desplazarse.

REFERENCIAS

Biblia de Jerusalén (1975). Bilbao: Desclée de Brouwer

Corominas, J. – Pascual, J.A. (2001). Voz “Manufactura” en Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, Madrid: Gredos.

Foucault, Michel (1969). L’archéologie du savoir. Paris: Gallimard.

Jackendoff, Ray (1983). Consciousness and the computatioanl mind. Cambridge: The MIT Press

Karsz, Saúl (1971). Hegel y la dialéctica, en Papeles 13: 19-34.

Peirce, Charles Sanders (1931/1965). Collected Papers. Cambridge. The Belknap Press of Harvard University Press.

Pylyshyn, Zenon W. (1973). What the mind's eye tells the mind's brain. A critique of mental imagery, en Psychological Bulletin 80: 1-24.

Visetti, Yves-Marie (2004). Constructivismes, émergences: une analyse sémantique et thématique, en Intellectica, 39; pp. 229-259.